Puff Sofa Cama Ikea

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Sombrerera, diseñadora, pintora, aprendiz de todo, Fátima de Burnay es un alma refinada y bohemia que se resiste a los horarios y las líneas rectas. Su casa, un piso antiguo en el centro de Madrid, es el contenedor de todos los objetos que ama, que ha ido recopilando y que, ordenados a su personal manera, lo cuentan todo de ella.

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Foto: Kike Palacio.

Fátima de Burnay nos recibe en su casa.

Blanca de Navarra es un reducto parisino escondido en el frío corazón del Madrid de los negocios, una de esas calles que los taxistas encuentran con dificultad, agazapada entre otras más principales y de ringorrango. La floristería de abajo ya anuncia buenas vibraciones, lo mismo que el desconchado de la fachada, los balcones con flores y la recia puerta claveteada que ha visto lo que no está escrito.

La madera lavada de la escalera, que fue noble, y las bombonas de butano en la puerta, como de casa de la abuela, nos llevan hasta el hogar de Fátima de Burnay.

Al abrir la puerta, en esta mortecina mañana cargada de nubes, lo primero que se ve es un amplio salón iluminado por dos balcones y con chimenea  al fondo, flanqueada de libros, discos y todo tipo de objetos. Como sus habitantes, la casa se despereza aún, no le gusta madrugar, y se resiste al trajín de luces, cámaras y gente hiperactiva que la invade de repente. 

Las paredes están llenas de cuadros, cuadritos, grabados, marcos antiguos que se alternan con otros más sencillos, espejos, cerámicas, trampantojos que su dueña pintó una tarde de inspiración… Si ésta fuera una revista de decoración al uso hablaríamos del estilo shabby chic de sus habitaciones, pero como no lo pretende, tratamos de encontrarle algo más que una definición de moda.

“Esta casa se ha construído poco a poco. Cuando me cambié aquí en 2007, no había nada. Lo primero que hice fue pintar las paredes de blanco y conservar los elementos estructurales, como las dos chimeneas, la del  cuarto de estar y el dormitorio, aunque por desgracia ninguna de las dos funciona; también las molduras, la altura de los techos y el suelo de madera original”, explica Fátima.

Ella se reconoce “muy de mercadillo” y también de contenedor: “He comprado muy poco. Me apasiona encontrar cosas que otros han desechado y sacarles el tesoro que llevan dentro”. Admite entre risas que la casa está “recargadísima” -por supuesto sin propósito de enmienda, “creo que tengo un poco de síndrome de Diógenes”- , y que su mejor fuente de cosas bellas ha sido -y es- la casa de sus padre

Foto: Kike Palacio.

Fátima de Burnay lleva siempre muy presente la huella portuguesa heredada de su madre.

Fátima antepone el apellido de su madre, De Burnay, de origen portugués. “Si, si, podría decir que es mi nombre artístico (risas). Como somos ocho hermanos, el de mi padre está bien representado y no le importa”. Lo portugués está muy presente,  sea en forma de alfombras, cerámicas, porcelana de Macao, la vajilla que usa a diario, de Bordallo Pinheiro, los muebles adquiridos en algunas tiendas como Pedras & Pessegos (Oporto) y la artesanía que trae de sus veranos en Comporta. En su ruta de tiendas también está el anticuario Restelo, en Madrid, la web Media donde encontrar divertidos puffs y cojines, los textiles de Güell-Lamadrid y la galería de diseño Machado-Muñoz.

Foto: Kike Palacio.

La diseñadora se confiesa ‘muy de mercadillo’ en lo decorativo.

De su padre, Dionisio Hernández Gil, arquitecto, ha heredado la vena artística. “En mi casa todos dibujábamos, no hacía falta ir a  academia, mi padre era el profesor”. Y de ahí a estudiar Historia del Arte -“pensé en Arquitectura pero me dio pereza”- sólo un paso, con algunas asignaturas de Bellas Artes para completar su formación. Venecia fue su siguiente destino, para hacer una tesis sobre historia de la arquitectura -que no acabó- y donde forjó su pacto con la belleza. Algunas tintas que realizó allí aún adornan la entrada de su casa. También hay dibujos de su padre, de sus hermanos, de Wolf Vostell, un cuadro de Juan Giralt que le regaló su hijo Marcos Giralt, fotografías de amigos, como un bonito retrato juvenil en el baño de Luis Asín en el que Fátima aparece ataviada con uno de sus primeros casquetes, a la manera de la Daisy Buchanan que obsesionó al Gran Gastby, y otro en el salón hecho por de Gonzalo Machado -“creo que todavía estaba estudiando Fotografía en EFTI cuando me lo hizo”. De su infancia con ocho hermanos-ella es la sexta-, le queda un cierto gusto por el desorden y por reutilizar las cosas.

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Espejos, cuadros, marcos… “Me gustan los antiguos, los que hay en casa de mis padres sobre todo, pero cuando tengo que enmarcar algo voy a una tienda de la calle San Ildefonso que llevan dos señoras mayores. Siempre elijo algo sencillo”.

Foto: Kike Palacio.

‘Con un sofá, un libro y una manta soy feliz’, nos confiesa Fátima.

Para Fátima, la clave para que una casa sea confortable es una distribución lógica y una buena iluminación. “Y desde luego, como adoro los objetos, estar rodeada de cosas que a mi me parezcan bonitas. También me gusta mucho tener plantas, aunque no sé si tengo mucha mano para cuidarlas”. ¿La casa soñada? Un lugar muy sencillo y luminoso frente al mar. Reconoce que le gusta Portugal para vivir, en Lisboa o en Oporto; también Venecia -pero para una temporada, no todo el año-, o el campo. “No soy muy urbanita, aunque es verdad que echaría de menos, por ejemplo, ver exposiciones”.  ¿Una tarde ideal? “En mi sofá con un libro y una manta, mientras suena el disco de Brian Ferri de homenaje a Cole Porter, música brasileña, Harry Nilson, David Bowie, Lucio Battisti, Chet Baker, Ella Fitzgerald, Nina Simone, Leonard Cohen, Neil Diamond… La lista de vinilos podría crecer,  aunque, más práctica, ahora se nutre de listas de Spotify donde encuentra temas de Plastic Bertrand, Randy Newman, Talking Heads, TheTroggs, Tom Tom Club, Lail Arad o Buxter Dury…”

Los libros jalonan cada habitación, muchos de ellos aportados por su pareja, el escritor Ray Loriga, que trata de buscar un rincón tranquilo para trabajar. Ante lo imposible de la empresa, me ayuda a identificar un cuadro del pasillo, creado a partir de fotos antiguas de escritores como Sartre, Beckett, Mishima, Virginia Woolf, Dos Pasos, Hemingway,  Arthur Miller…: “Algunos los elegí porque me gustan como escritores, otros porque me gustaba la foto”, explica Fátima.  

Foto: Kike Palacio.

Los libros jalonan cada rincón de la casa.

Como buena lectora que sé que es, le pido que me asesore  con un buen libro. “Hay dos que siempre recomiendo a mis  amigos: Pintar sin tener ni idea y otros ensayos sobre arte,  de Angel González García, y Maneras de no hacer nada, de María Vela Zanetti” (del que hizo el diseño de portada). En su mesilla reposan ahora Religión, Arte, Pornografía, de Ángel González García;  Conversaciones con Picasso, de Brassai, y Nieve de primavera, de Yukio Mishima.

El do it yourself está presente en cada metro cuadrado, en sus collages, dibujos, en el cómo se ordenan los libros encima de una mesa o los objetos en un aparador. Porque no es precisamente orden lo que se busca, que para eso sería mejor meter todo en un armario y dejar el ambiente despejado, sino una manera de mostrarlo que resulte  bella, y que efectivamente lo es y no está al alcance de cualquiera. Nada está dejado al azar, tiene su sitio, aunque puede alterarse en cualquier momento. “Me gusta mucho cambiar la decoración, según cómo me levante o las necesidades. Por ejemplo, hace poco se quedó una amiga a vivir unos meses y le improvisé una especie de cuarto dentro del salón con una cama turca para que tuviera cierta intimidad. Y de momento así se ha quedado”.

Las paredes guardan ecos de los muchos amigos que visitan la casa, no sólo en forma de cuadros. “Vienen muchos amigos,  hermanos, amigos de mis hermanos…, pero nunca es algo formal, aquí improvisamos mucho. Yo cocino de todo, desde lentejas, pasta, gambas al curry, según lo que tenga en la nevera… Me gusta experimentar. Si tengo tiempo preparo por ejemplo unas ensaladas y un rosbif, esto siempre queda bien”.  Lo que no falta es la vajilla de Bordallo Pinheiro, tan orgánica y colorida ella, comprada en el Almacén de Loza (Calle Núñez de Balboa, 46, Madrid), de donde provienen algunas de las alfombras. “Es una tienda que visito mucho, siempre encuentro algo que me gusta”.

Foto: Kike Palacio.

Los colores y estilos se combinan sin complejo en casa de Fátima.

La cocina, repleta de fuentes y copas de colores también portuguesas, juegos de té que conviven con botes de especias de todo tipo, dan fe de que aquí se disfruta. Cajas y cajitas de IKEA dispuestas en la pared forman un colorista collage. Como también se fuma, y mucho, Fátima contrarresta los olores con ventanas abiertas, incluso en pleno invierno, incienso perfumado y Papel de Armenia, “que compro en Santa María Novella, en la calle Almirante”.

Ha retomado recientemente su oficio de sombrerera que había dejado algo aparcado en los últimos años. Sus primeros diseños los hizo con apenas 22 años, a la vuelta de Venecia, con una primera colección para Elena Benarroch. “Al principio mi idea era meterme en el mundo académico, también trabajé en una editorial y en una galería de arte, pero no acababa de encontrar mi camino. Como me gusta más trabajar por libre y siempre me ha atraído la moda pensé que hacer sombreros sería una buena forma de ganarme la vida”. Su amistad con Yael, la hija de Elena Benarroch, fue el inicio de una colaboración intermitente a lo largo de los años.

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Más tarde montó una tienda, Kala, en esta calle Blanca de Navarra, con su prima la modelo Eugenia Silva, donde se vendían sus creaciones, además de moda y pequeños objetos. La aventura duró una docena de años en los que llegó a vender sus sombreros en Barney’s, en Nueva York. Cerrada la tienda desde 2010, esta nueva etapa surge de su encuentro con la veterana sombrerera Mabel Sanz, que ha trabajado para modistos como Jesús del Pozo, Juan Duyos, Alma Aguilar, Devota y Lomba o David Delfín. Con ella ha emprendido los dos proyectos más importantes que le ocupan en este momento.

Foto: Kike Palacio.

Fátima regenta un bar junto a su amiga Mabel, el Hat Bar, en Madrid.

Por las mañanas Mabel y Fátima trabajan en el taller de la primera en los encargos y en algunas pequeñas colecciones. “Es ahora cuando estoy realmente aprendiendo la técnica. Mabel, que es una experta, me está enseñando. Yo era más de diseño y de inspiración que de ponerme a coser”. Por las tardes ambas se vuelcan en un proyecto conjunto, el Hat Bar (San Lorenzo 5, Madrid), un secreto lugar de encuentro, como un bar clandestino muy años 20, junto a los bares de moda de Hortaleza pero en una calle tranquila, con un patio lleno de plantas que es el mejor refugio en los días de calor. En sus paredes exponen algunas de sus primera creaciones -tocados, casquetes con plumas…- y una colección más para el día a día, desde boinas a pamelas, que se vende. Así, puedes salir de allí con la copa puesta y el sombrero también.

Recientemente la figurinista Yvonne Blake les ha encargado los sombreros para algunas escenas de la película The Promise, que ha rodado Christian Bale a las órdenes del director Terry George (Hotel Rwanda), ambientada en los años 20, en los días finales del Imperio Otomano. Fátima ya había colaborado con Yvonne en el musical El Último Jinete. “Esta es una parte del trabajo que me encanta. Investigar la época, buscar inspiraciones…

De Burnay no cree que el sector de la sombrerería esté en decadencia, “lo que pasa es que lo hemos relegado un poco al tocado para bodas, y eso es una pesadez, pero tengo la sensación de que se vuelven a ver en las pasarelas y que a la gente le divierte ponerse un sombrero de vez en cuando al margen de una ceremonia”.

Y para cambiar de registro, desarrolla su talento de pintora en trabajos como los escaparates de la peluquería Teatro Hair & Care (Orellana 3, Madrid) para la que ha pintado unas coloristas plantas tropicales en sus escaparates. “Siempre pinto, en mi casa, a ratos, pero no necesito mucho espacio porque hago tintas, acuarelas, cosas pequeñas…”.

Veo chisteras y sombreros repartidos por la casa, kimonos, batas de seda, pero ningún armario, lo que me intriga sobremanera. Fátima me saca de dudas.

Foto: Kike Palacio.

Fátima de Burnay habla con la misma soltura de pintura que de moda.

“Tengo una habitación pequeña dedicada a vestidor, donde intento mantener el orden, lo que no siempre me resulta fácil.  En realidad mi armario es un caos, donde se mezclan algunas cosas buenas, por ejemplo de Marni o de Missoni, con cosas antiguas rescatadas. Me gustan mucho marcas como Sonia Rykiel, Vivienne  Westwood, Dries Van Noten o Lanvin. Y en zapatos siempre vuelvo a los masculinos de Robert Clergerie o Walter Steiger, aunque tampoco le hago ascos a un buen taconazo de vez en cuando”, ríe.

Aún así, asegura que “nunca he sido muy fashion o de ir a la última, me gusta más crear mi propio look. Me vuelven loca los estampados, los terciopelos, las texturas… “. Y así nos lo demuestra, con un collar de botones antiguos que compra en una tienda de toda la vida del Barrio de Salamanca sobre una camisa denim de Cos. ¿Y si pudieras, que le añadirías a tu armario? “Admiro a diseñadores clásicos como Schiaparelli, Paul Poiret,  Madelaine Vionnet, Pierre Balmain o  Fortuny. Ellos me sirven de inspiración también a la hora de crear mis sombreros” Claro que no sólo la inspiración viene de otros diseñadores. “Me divierten personajes como Iris Apfel, con su peculiar estilo, o Carmen Miranda que fue sombrerera antes que bailarina”, explica. Le encanta bucear en sus libros de arte para ver qué se llevaba en otras épocas. “Acabo de descubrir cosas muy interesantes en la pintura de Piero della Francesca, en esos personajes del Renacimiento”.

Puestos a soñar, le pido que me dibuje, sin presupuesto ni fronteras, las cosas que tendría en su casa. No se queda corta Fátima y me habla de las pinturas de Giotto, Piero della Francesca, Matisse, Picasso, De Chirico, Bonnard, Stephen McKenna… Cuenta dónde pondría un grabado de Piranesi o un cuadro de Sonia Delaunay, esculturas de Calder, Giacometti, Arp, Duchamp, dónde quedaría que ni pintada la chaise longue LC4 de Le Corbusier, la silla zig zag de Rietveld o la coffee table  de Noguch, siempre sobre un kilim o una maravillosa alfombra persa. Aún así, esta sombrerera no es de las que hacen listas. Ni de sitios por visitar, ni de libros por leer, ni siquiera de tareas pendientes. “Yo voy poco a poco. Es verdad que tengo mi propia lista en la cabeza, pero creo que me agobiaría ver en un papel que nunca consigo tachar nada”.

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Sillones y puff IKEA | Decoración

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