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Cruise Luz estaba cocinando un arroz con cava y langostinos cuando Inés Caunedo escribió el mejor poemario de la literatura española del siglo XXI, y sin embargo, no oyó hablar del libro hasta el funeral del erudito asturianista Xuan Bello: fue entonces, bajo un ciprés altísimo y ensombrecido, cuando alguien le susurró que Inés Caunedo había escrito el mejor poemario del siglo, y posiblemente de toda la literatura en lengua castellana, a lo que Cruise Luz respondió con un sutil asentimiento y una apertura mínima de la boca. Pero ni siquiera de esta forma consiguió ocultar la más absoluta indiferencia.

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En su despacho de la calle Paraíso, Cruise Luz dudaba si cambiar o no la arena de su gato. Ni el detective ni el animal parecían muy preocupados por la cuestión, pero Cruise Luz acababa de recordar contra su voluntad el verso de T. S. Eliot —«te enseñaré el terror en un puñado de polvo»— y había pensado en la arena de Jovino, que en esos momentos cazaba una liebre onírica encima del anticuado ordenador portátil. El portátil era una reliquia, un objeto que había viajado misteriosamente hasta los borrosos años del presente desde un pasado en el que nadie llevaba todas sus series, documentos y vídeos pornográficos en un milimétrico implante subcutáneo, un pasado en el cual los rojos eran rojos (no verdes ni morados), y el mundo era claro como una flecha que atraviesa el aire frío de la noche. El gato se sobresaltó de pronto y miró en dirección a la entrada de la casa. Solo entonces sonó el timbre, y Cruise Luz se levantó para abrir la puerta, bajo cuyo umbral aguardaba, visiblemente agitado, el poeta y crítico José Luis García Martín.

—Hombre, Martín, qué tal estás. Sospecho que no tardaré en saber a qué debo el honor de tu visita.

—Sí, sí, muy bien, paso, paso —contestó García Martín, un hombre menudo de noventa y cinco años que en esos momentos cruzaba el pequeño vestíbulo con una media carrera para ir a sentarse en uno de los sillones del despacho—. Ha sucedido algo horrible, en realidad no horrible pero sí potencialmente apocalíptico, bueno, nada tan tajante, sino peor: es algo incomprensible, o peor todavía: inesperado, o incluso más terrible: el que no entiende nada ni esperaba nada soy yo, JLGM.

García Martín se llevaba las manos a su amplia frente y luego las movía hacia delante en un gesto de interrogación, lo que lo hacía parecer una palmera inquieta, y se reía nerviosamente. Cruise Luz, aún de pie ante la puerta, se sirvió un vaso de Jameson. Luego se apoyó en una de las muchas estanterías vacías de la habitación y se dispuso a resolver un nuevo caso.

—Bueno, en fin, no sé como decirlo —García Martín frotó sus manos en el pantalón—. Inés Caunedo ha sido admitida con carácter emergente en OuLiPo. Su libro es realmente bueno. No cabe ninguna duda, es buenísimo. Me temo que tendré que ponerlo bien en la reseña del jueves. Pero quiero saber cómo lo ha hecho. Pagaré con generosidad, te pagaré el doble de tu tarifa habitual, no tengo problemas de liquidez, ya lo sabes, ya conoces mi jugada de inversión en el fondo patarrealista. Te pagaré el triple de lo que te pagan por hacer de huelebraguetas, pero quiero saber cómo lo ha escrito.

José Luis García Martín se levantó del gastado sillón y se apresuró, por no decir convulsionó, hasta la puerta. Casi tropezó con Jovino, que se paseaba lentamente por el despacho y reprendió consecuentemente a JLGM con una mirada de indiferencia. El poeta y crítico murmuró algo incomprensible —tal vez un poema de Octavio Paz sobre los gatos— a la vez que dejaba la estancia, e hizo un gesto con la mano sin volverse del todo. Cruise Luz aún meditaba apoyado en la estantería cuando la puerta al cerrarse hizo chocar entre sí los solitarios hielos de su vaso.

—Un cañón, Antonio, y un pinchín d’adobu con quesu.

Mientras le calentaban en el microondas uno de los desmesurados pinchos de El Nuevo Obelisco, Cruise Luz puso sobre la barra metálica un par de libros. Uno de ellos era una antología publicada en 2019 por el Círculo Cultural de Valdediós, Aere perennius, y el otro la decimoctava edición del primer poemario de Inés Caunedo, La rosa cibernética y otros poemas de amor transhumano (Premio Nacional de Literatura, 2025). Abrió la vieja antología y leyó uno de los haikus que publicó en ella Inés Caunedo:

A continuación, Cruise Luz se sumergió en la lectura de La rosa cibernética. Cuando agotó —si es que son agotables— las 99 páginas del libro, el pincho de lomo estaba nuevamente frío. Intentaremos describir aquí de forma secuencial lo que Cruise Luz vivió, para su sorpresa, de forma instantánea. El poemario contenía un único poema. En la primera mitad del texto, la voz poética se erigía en una especie de Walt Whitman degenerado y venido para cantar la destrucción de la Federación de Estados Españoles y de su neodemocracia. La capacidad de sugestión de las imágenes, el exacto equilibrio entre hermetismo y claridad, y las reconfortantes enumeraciones de crímenes horrendos eran entremezclados de forma inteligentísima con referencias a toda la historia de la literatura. Se recombinaban los lenguajes líricos de Arnaut Daniel, Emily Dickinson, Baudelaire, Dante, Anne Carson y Allen Ginsberg para generar una obra soberbia.

En la segunda parte, el narrador del poema se revelaba de forma repentina como una tal Inés Caunedo. Durante 66 páginas la voz poética describía su angustioso anhelo por convertirse en una cyborg, exploraba las diferentes posibilidades de su transhumanización y elevaba una oda a la inderrotable pureza del resplandeciente ser de metal y fibra de carbono en que evolucionaría. En algunos momentos, los mejores del poema, parecía intuirse en el texto la presencia de un cyborg ideal cuyo amor resultaba inalcanzable pero satisfactorio. En los últimos versos el lector comprendía que el cyborg amado se identificaba con Dios, con el Progreso o con el Fin de la Historia.

Cerrando el poemario, que ya sabía prácticamente de memoria, Cruise Luz bebió su caña, pidió otra para el camino, pagó la cuenta y propuso que le envolvieran el pincho. Se disponía a salir a la tamizada luz de la ciudad ovetense cuando entró en El Nuevo Obelisco el polígrafo y ocasional informante de los cibermossos d’esquadra Luis Acebal, quien tras saludarlo continuó hablando con su partenaire, el poeta maldito Eduardo Errasti.

—¿Qué pasa, José? Na, sí tío, tuve jodido cuando lo de la rumana, pero sudo de ella tío, que le jodan, le dije un día, si quieres follar vale, pero deja de manipularme la cabeza, ye que era más lista que yo, tío, de pronto un día toi con ella y con su madre comprando sujetadores, ¿a ti te parece normal?, yo ya le dije que prefería las tetas triangulares a las esféricas, y la pava intentando jalarme la polla en el probador, tío, y su madre fuera tosiendo, le tuve que ofrecer un caramelo de eucalipto, menos mal que me dijo que no porque justo en ese momento me corrí. Son todas unas guarras. Na, ye broma, no me lié con ninguna rumana.

—Oye Luis, ¿tú tendrás alguna idea de dónde puede vivir ahora Inés Caunedo? —preguntó Cruise Luz, aprovechando un momento en que Luis detuvo su monólogo para respirar.

— ¿Inés Caunedo? Caro, tío, caro que sé dónde vive. Tuve el otro día en la casa suya y me quiso invitar a un Cola-Cao, pero no acepté, tío. No aceptes un Cola-Cao de una pava si no quieres que te viole. Con lo que ganó con su puto libro se compró un palacio cerca de Villaviciosa. Creo que ye precisamente en la carretera de Valdediós. Ta muy guay, la verdad. El libro no tanto, aunque yo le di la idea para la segunda parte después de ver lo que se había hecho Almuzara, tío, lo de la antena. ¿Vas a ir o qué?

—Seguramente vaya a conocerla un día de estos. Siento curiosidad por su obra —contestó Cruise Luz. Acebal lo miró ligeramente extrañado, se encogió de hombros y, dándole una palmada en la espalda, continuó su camino hacia el interior del bar.

Cruise Luz llamó a la puerta de caoba del palacio de Inés Caunedo. Unas décimas de segundo después, la puerta se abrió delicadamente. Cuando se acostumbró a la oscuridad interior, vio que quien le había franqueado la entrada era un mayordomo virtual con la cara y la voz de Italo Calvino:

—La señorita Caunedo lo recibirá en unos momentos. Prego, prego.

Cruise Luz siguió la translúcida figura de Calvino por la escalinata del palacio. Aunque la carísima tecnología desarrollada en los últimos años permitía crear hologramas plásmicos con la misma densidad y consistencia que la del cuerpo humano, la mayoría de las empresas aún optaban por una cierta incorporeidad para distinguir a los seres virtuales de los de carne y hueso. Así pues, mientras cruzaban los pasillos interminables, Cruise Luz no podía dejar de observar la simulación palpitante y tenue de las vísceras del por otra parte extraordinario novelista italiano.

Dejando atrás un pasillo cuyas paredes estaban cubiertas por tapices exquisitos que representaban a estrellas del pop del siglo xx haciendo muecas extrañas, llegaron por fin al gran salón donde aguardaba Inés Caunedo. La escritora de La rosa cibernética se encontraba frente a un enorme televisor que ocupaba uno de los muros de la estancia. Estaba a medio camino entre la siesta y el viaje opiáceo, o así se lo pareció a Cruise Luz al ver la manera en que la excelsa poeta se derramaba sobre el brazo del sofá. Inés Caunedo le hizo una lenta señal con la mano y Cruise Luz avanzó hasta situarse a su lado. En el televisor se reproducía sin volumen Tatuaje, la película de Bigas Luna sobre el detective Pepe Carvalho, a quien Cruise Luz había conocido en persona durante la cena de un congreso de investigación privada en la ciudad condal. Inés Caunedo, vestida con un pijama de tacto amoroso pero de cuestionable etiqueta, lo miró. El mayordomo virtual estaba artificialmente quieto junto a la entrada del salón. Su pose era, huelga decirlo, elegantísima, y parecía reflexionar acerca de la mejor solución para los versos finales de un poema. Cruise Luz entendió que podía comenzar su interrogatorio.

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— Inés, estoy escribiendo un artículo para Clarín sobre tu obra y quería hacerte unas preguntas.

Inés asintió.

— Bueno. ¿Cómo describirías el proceso de redacción de La rosa cibernética y otros poemas de amor transhumano? —inquirió el detective.

A modo de respuesta, Inés entonó una salmodia pastosa cuyo sentido último Cruise Luz fue incapaz de comprender. Sí distinguió algunas estructuras generales. De vez en cuando Inés insertaba en su discurso lo que parecían preguntas retóricas, o quizá preguntas concretas sobre las impresiones de Cruise Luz, a las que este respondía indefectiblemente con un asentimiento y una ligera apertura de la boca. Carlos Ballesteros fuma pensativo junto a un canal de Amsterdam. Cruise Luz imaginaba la lengua hipertrofiada de Inés Caunedo tratando de recorrer con exactitud los puntos de articulación, tratando de medir los grados de apertura y los modos articulatorios. Africada postpalatal. Vocal abierta, ligeramente velarizada. Como un detective drogado o imbécil que registra las calles de la ciudad que duerme la siesta. Semiconsonante anterior, labios retraidos. Bilabial, sonora, implosiva. También creyó reconocer varias palabras, como intención, hipóstasis, mejora biotecnológica y Cecilia Bartoli, e incluso un par de versos de San Juan de la Cruz («a escuras y en celada / estando ya mi casa sosegada»). Apuntó todo en una pequeña libreta con una sensación de horror inverosímil.

Cruise Luz no sabía cuánto tiempo llevaba hablando Inés Caunedo cuando oyó toser a Italo Calvino. El detective supuso que aquello indicaba el fin de la visita, ya que raramente los mayordomos virtuales son programados con asma o con catarros recurrentes. Agradeció a Inés su colaboración. La poeta estaba nuevamente abstraída en el visionado de la película, que tal vez ya no era la misma.

A punto ya de salir del salón, Cruise Luz se volvió y dijo:

—¿Saben? La palabra melancolía significa en griego bilis negra. La bilis negra, fría y seca como la tierra y como el polvo, aumenta en las estaciones otoñales. Según los antiguos, se genera en el bazo. Es sabido que el temperamento melancólico es fundamental para la creación literaria, ¿verdad, Inés? Me pregunto si te importaría que echara un vistazo al bazo de tu sirviente. Por puro fetichismo, ya sabes, quiero comprobar si se ha reproducido hasta estos extremos de fidelidad el órgano poético por excelencia.

Inés farfulló algo sin dejar de mirar el televisor, lo que Cruise Luz tomó como un permiso. Se acercó a Italo Calvino. La reproducción semitransparente del novelista estaba rígida, pero en este caso Cruise Luz notó cierta incomodidad o temor en su posición por lo demás aristocrática. El detective se agachó para observar de cerca el interior del mayordomo. Pasados unos minutos, se levantó.

—Un temblor verdaderamente exacto, sí. Casi se diría que está a punto de escribir un libro póstumo —dijo Cruise Luz, y tras sacudir los hombros para recolocarse la vieja gabardina, abandonó la habitación.

Cruise Luz abrió la puerta de su despacho de la calle Paraíso. Jovino levantó la cabeza desde lo alto del sillón para visitas, donde estaba tumbado. El detective caminó en dirección a una de las estanterías de la habitación y tomó un Quijote del siglo xix que encontró en el piso de su abuelo. Arrancó unas cuantas páginas, aproximadamente la mitad de la primera parte, y con ellas prendió el fuego de la chimenea. Luego encendió el hornillo eléctrico que se encontraba en el pequeño cuarto que hacía de cocina. Todavía vestido de calle, sacó de la nevera la perdiz escabechada con castañas que había preparado la noche anterior y rellenó el comedero de Jovino con pienso para gatos esterilizados. Solo en ese momento el animal mostró algún interés por la existencia de su dueño. Cruise Luz abrió el sofá cama que transformaba el despacho en apartamento de soltero. Mientras comía la perdiz, reservó en su renqueante iPad Air un vuelo a París para la mañana siguiente. En París se encontraba la sede de la empresa cuya firma el detective vio en las vísceras de plasma de Italo Calvino: OuLiPo Corporation S.L.

—Occidente, tan poderoso en campos como el económico, el científico… solo ha sido capaz de crear dos mitos: el mito de Fausto y el de Don Juan. A mí el de Don Juan me interesa mucho. Es un cura español, pequeño, superdotado… pero le aburro a usted con todo esto.

—No, no por favor.

—A mí me pincharon el teléfono. Me lo pinchó Mitterrand. Nos lo pinchó a 26 escritores. Mitterrand pensaba que yo hacía orgías. Dijo: «¡A por este, que aquí hay lío con mujeres!». Y la verdad es que hubo una historia de orgía que, en realidad, no tuvo que ver con una orgía. Es una cosa que pasó con Dalí pero no sé si…

Bajo el cartel de una corrida de toros del año 1967 Fernando Arrabal, que llevaba dos pares de gafas y bebía irónicamente un burdeos, hablaba con el investigador privado Cruise Luz, que no llevaba gafas a pesar de su creciente presbicie y bebía su tercera copa de Larios con Kas limón. Se encontraban en el Sol y sombra, uno de los mejores y más sórdidos bares españoles de la capital francesa. O eso había afirmado por carta Arrabal, con quien había concertado una entrevista para esa misma mañana.

—Pero una de las chicas dijo: “Sí, sí, ¡que me pegue!”. Y se bajó las bragas y Dalí le pegó con un nardo. Que ya es difícil en París tener nardos. Pero dígame, ¿por qué estamos hablando?

—Un amigo común asegura que tiene usted información sobre el nuevo presidente del grupo OuLiPo.

—¿Ah, sí? ¡Ah, sí! Por eso le comentaba yo lo de Fausto. Creo que el director ha hecho un pacto con el diablo. Y si yo soy algo además de estalinista, es católico.

—[…].

—Ahora dicen que también soy disidente del OuLiPo, pero los disidentes son ellos. ¡El Ouvroir de Litératture Potentielle, una empresa turbocapitalista! Nadie sabe quién es el presidente. Las votaciones en OuLiPo funcionan así. He oído que el nuevo ha llegado con un producto genial debajo del brazo y que va a convertir OuLiPo en un club de campo con spa, coliseo y tres piscinas de bolas. Me temo que esto último me gusta, así que es posible que solicite el reingreso —afirmó Arrabal, y buscó la mirada del esquivo camarero valenciano para pedir una tapa de jamón.

Continuaron hablando durante la comida, y finalmente Fernando Arrabal se marchó del local y Cruise Luz se quedó revolviendo un platillo con los restos de su tarta helada al whisky. Pagó la cuenta y dejó una propina razonable al camarero. Al salir del Sol y sombra, decidió dar un paseo hasta la pensión en que se hospedaba.

Se dio cuenta de que alguien lo seguía a la altura de la rue Mouffetard, en el Barrio Latino. Un personaje, embozado tras una bufanda de proporciones descomunales, no le perdía la pista. Después de pasar una tienda de alimentación regentada por paquistaníes, el detective giró ágilmente en un recodo. Se introdujo por un pasadizo que resultó ser un callejón sin salida. Cuando regresaba a Mouffetard, su perseguidor dobló a medio galope la esquina y tropezó con él, cayéndose lentamente al suelo. Retrocedió, todavía tirado en la acera, mientras pedía disculpas en un francés con acento italiano. Al levantarse, se le movió unos centímetros la bufanda y Cruise Luz creyó distinguir la cara semitransparante de Umberto Eco. El desconocido volvió a esconder sus rasgos y desapareció rápidamente de la escena.

Cruise Luz llegó por fin a su pensión, que estaba un par de calles más allá. El sitio se llamaba Tristan und Isolde. Lo regentaba una alemana melancólica que ni siquiera se volvió cuando el detective pasó frente al sucio mostrador de recepción. Cruise Luz sacó la tarjeta, cuya cara trasera contenía unos arabescos suburbanos, y abrió la puerta. No le dio tiempo a encender la luz. Dos manos metálicas lo agarraron firmemente. Una tercera lo noqueó con un exacto golpe en el hígado. Antes de perder la conciencia, Cruise Luz oyó una voz que susurraba:

—Abandona la investigación. De otro modo, orrida sera questa notte… per te.

Cruise Luz se despertó cuando ya había atardecido sobre París. La boca le sabía a ceniza, aunque es posible que la causante de aquella sensación fuera la ginebra. Se levantó del suelo dolorido. Al desabrocharse la camisa, vio un oscuro hematoma en su costado derecho. Se sentó y con un pie sacó el maletín que guardaba bajo la cama. Lo abrió delicadamente y extrajo de él su viejo Webley inglés del calibre 38.

Unas horas más tarde, el detective había logrado colarse sin demasiada dificultad en la sede central de OuLiPo Corporation S.L., situada a tres o cuatro manzanas del museo Pompidou. Recorrió sigilosamente las seis primeras plantas del edificio y no encontró nada más que floretes de esgrima, cintas de moebius y percheros con la forma de Ricardo Menéndez Salmón. En uno de los pasillos de la séptima planta intuyó, no obstante, una habitación blindada y protegida mediante un cierre electrónico.

Delante de la puerta, una especie de atril digital se iluminó con su llegada. En él, Cruise Luz vio formarse las siguientes frases:

La pantalla cambió nuevamente para reflejar lo que era, en apariencia, un soneto. Su esquema de rimas lo clasificaba como soneto isabelino (aquel que está compuesto por tres cuartetos y un pareado final). El poema no parecía tener ningún sentido, más allá de la verdad neblinosa que tienen los poemas por el hecho de aparecerse troceados. Sin embargo, al lado de cada uno de las líneas una tecla permitía cambiar a otro verso posible y de igual rima hasta el número de diez. El investigador fue pasando hasta que leyó un endecasílabo que le sonaba conocido: «Antes que el sueño (o el terror) tejiera». Se detuvo. Algo similar a una sospecha comenzó a tomar forma en su mente. Buscó el resto de los versos. Cuando acabó de seleccionar el último tenía ante sí la respuesta al acertijo:

La puerta se abrió con un chasquido. Cruise Luz se adentró en la habitación, que estaba ocupada únicamente por una silla de oficina, una impresora, una mesa de Ikea y un ordenador. Se sentó frente este último. En la pantalla estaba abierto un programa:

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Según leyó en las notas que un especialista había enviado al «Sr. Sátrapix de OuLiPo Corporation S.L.» y que alguien había dejado sobre la torre del ordenador, la aplicación era perfectamente funcional e incluía una base de datos en la que estaban registrados todos los poemas del canon occidental, «entendido este tal y como lo fijó el excelentísimo Harold Bloom». Presentaba tan solo un mínimo problema, por el cual sugería «posponer unas semanas su salida al mercado» hasta que fueran capaces de corregirlo: MUSAPP® generaba indistintamente poemarios de calidad indiscutible e interminables listas de la compra.

Cruise Luz se puso en pie. Su gesto, demudado por unos momentos, era nuevamente el de una estatua. Se disponía a salir del cuarto cuando vio que había algo escrito en el reverso del informe del programador.

Los presentimientos vagos del investigador se hicieron claros. Abandonó con decisión la sede de OuLiPo en París y tomó el primer avión con dirección a Asturias. Se disponía a cazar, de una vez por todas, al peligroso cyborg Javier Almuzara.

Cuando hubo caído la noche, Cruise Luz se deslizó silenciosamente fuera de su Renault Scénic. Había aparcado a un par de kilómetros del palacio de Inés Caunedo. Después de cuarenta minutos campo a través vislumbró las ventanas iluminadas y, tras dar una vuelta alrededor del edificio, escogió una de las pequeñas puertas de servicio. Sacó su juego de ganzúas. Al poco rato, la puerta se abría ante él con suavidad inquietante.

Cruise Luz penetró en el palacio. Cruzó varias habitaciones a oscuras, evitando las zonas iluminadas. Por fin distinguió, al final de un largo pasillo, los tapices pop que cubrían las paredes y entrevió el interior del gran salón. En él, Javier Almuzara charlaba con una corte de patafísicos virtuales. Cruise Luz reconoció a Italo Calvino, que se había despojado de su vestimenta de mayordomo, a Raymond Queneau, a Georges Pérec y al Umberto Eco que había tropezado con él en la rue Mouffetard. En el sofá, Inés Caunedo, con una posición equivalente a la de su visita anterior, miraba la televisión.

El detective comprobó los mecanismos de su Webley y le quitó el seguro. Abrió las piernas y dispuso el revólver para su acción definitiva. Apuntó a un área que se encontraba tras la oreja izquierda de Almuzara: era la única de su cuerpo cibernético que resultaba todavía vulnerable. Iba a efectuar el disparo cuando una mano robótica surgió de entre las sombras y bajó su arma. Las luces del pasillo se encendieron y Javier Almuzara se acercó rápidamente con una amplia y mecánica sonrisa en su rostro metalizado.

—Le estaba esperando, señor Cruise Luz. Veo que ha sido usted lo bastante inteligente como para unir los puntos, pero lo cortés no quita lo caliente ¿verdad? Hahahahaha. Llévalo a sus aposentos, Guillermo. Hablaré con él por la mañana, cuando acabe la fiesta con estos caballeros.

La mano robótica pertenecía a Guillermo Feral, joven aprendiz de poeta ovetense que seguía los pasos de su señor en lo que se refiere a transhumanización y mejora biogenética. Levantó a Cruise Luz en el aire y lo transportó a una celda en el sótano.

El detective estaba roncando cuando lo despertó un susurro. Se levantó sobresaltado y miró sin ver nada. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, empezó a distinguir una forma translúcida dentro de su celda. Era Umberto Eco.

—Te he abierto la puerta. No desconfíes de mí, aquel día en París te estaba buscando para advertirte que todo era una trampa. En realidad, has sido más bien parte de un divertimento barroco: la cohorte oulipiana sabía que JLGM querría investigar el asunto, así que con violencia, intriga y acertijos de chichinabo te han conducido al centro del misterio para ahora despedazarte. Tengo que irme o Almuzara empezará a sospechar. La fiesta sigue, y ya llevamos tres días: desde que se ha metido ese hígado posbiótico, el tío no se cansa de perrear. Si te ves en problemas, recuerda, «Frisch weth der Wind / Der Heimat zu / Mein Irisch Kind / Wo weilest du?». Ya oigo a Almuzara llamarme. Joder, odio cómo pronuncia el italiano.

Cruise Luz esperó unos minutos antes de seguir los pasos del semiólogo de Alessandria. Al traspasar la puerta miró a ambos lados, y vio sendos asépticos pasillos de hormigón que se adentraban en la oscuridad de las mazmorras. Cuando, siguiendo el temible ritmo del electro-swing, se dirigió nuevamente al gran salón, el detective trataba de dilucidar de qué le sonaban los versos alemanes que Eco había recitado como un conjuro.

«¡Funesto passo è questo spaventoso!» dijo una irónica voz desde el lugar en que los escritores holográmicos y el cyborg daban su fiesta. Luego alguien esnifó ruidosamente, y Cruise Luz se aventuró a mirar por un resquicio de los enormes cortinajes tras los que estaba escondido para contemplar a Calvino, Queneau, Eco, Pérec y Almuzara meterse rayas de cocaína digital sobre la barriga durmiente de Inés Caunedo. Detrás de ellos, en el otro extremo de la habitación, relucía sobre un sofá el Webley que Guillermo Feral le había arrebatado al detective.

Cruise Luz se preguntaba cómo demonios alcanzaría su revólver desde aquella pequeñísima tronera a la que había conseguido trepar y que lo obligaba a permanecer en cuclillas, cuando vio que Umberto Eco se derrumbaba con la lentitud propia de los seres virtuales y empezaba a convulsionar mientras decía frases incoherentes. Los demás miembros de OuLiPo se inclinaron preocupados sobre él, temiendo que el escritor de El superhéroe de masas hubiese sufrido una sobredosis, y Cruise Luz entendió la señal. Agarrando con firmeza una de las cortinas que lo ocultaba, tomó impulso y saltó desde la tronera, soltando a medio camino la tela que le había servido como liana para caer a medio camino entre los secuaces de Almuzara y su querido Webley.

Corrió hacia el revólver, y mientras lo hacía oyó o creyó oir cómo Eco apuñalaba con un destornillador proletario a los sorprendidos escritores patafísicos. En cualquier caso, lo que sí distinguió a la perfección fueron las palabras de Almuzara, que tras gritar: «Ah sì … certo …Ipocritone!» decapitó a Umberto Eco con la pequeña radial que cobijaba su brazo izquierdo y salió en persecución del detective.

Aunque Cruise Luz estaba en una forma física bastante buena para un hombre de 58 años, las piernas biónicas del cyborg poético le permitían correr a una velocidad inhumana, y ambos alcanzaron el extremo de la sala a un mismo tiempo.

El detective descargó su antiguamente famoso crochet de izquierda contra la sien de Almuzara, que no dio muestras de haber notado el golpe. El cyborg abofeteó al detective con tal potencia que Cruise Luz pensó que, si tuviese implantes electrónicos en la cara, ya le hubiesen salido volando. Cuando el detective trató de alargar una mano para coger la pistola, el cyborg lanzó una carcajada espantosa y triste y dijo:

—Nadie podrá vencerme, y esa es mi condena.

Luego utilizó el mecanismo alargador de su pene para alejar desdeñosamente el Webley, que se deslizó unos metros por el encerado suelo del salón. Se encontraba a punto de traspasar con su antena cerebral el ojo de Cruise Luz, destruyendo así el lóbulo frontal de su cerebro —poseía métodos mucho más precisos de matar, pero aún reconocía un buen símbolo si se le ponía por delante— cuando un ligero objeto rojo le golpeó la espalda.

El detective, inmovilizado en el sofá y moribundo, y el villano, exultante pero momentáneamente dubitativo, se volvieron hacia la puerta. Allí Arrabal sostenía entre sus brazos un buen número de bolas de piscina de bolas y emitía un agudo grito tribal mientras las lanzaba en dirección al cyborg.

Almuzara decidió ignorar al fundador del Teatro Pánico para centrarse en eliminar al hombre que podía tirar abajo su proyecto de dominación mundial. Ya agachaba la cabeza para ensartar a Cruise Luz con su antena cuando un destello pareció pasar por los ojos del detective, que comenzó a cantar los versos del Tristán e Isolda de Wagner con su voz modulada por la ginebra barata:

Entonces los circuitos de los arreglos biónicos de Javier Almuzara comenzaron a saturarse de información y de odio. Su cabeza hacía pequeños movimientos involuntarios, su tupé eléctrico emitía un chirrido ensordecedor que se unía al grito todavía audible de Arrabal, y su antena experimentaba una mortífera alergia digital.

—¡Nooooooooo, Wagner noooooooo! Qui del padre ancor respira… Y encima los versos los has sacado de La tierra baldía¸ ni siquiera has estado nunca en la ópera. ¡Tu plan es brillante y maligno! ¡Lo deseooooooo! Addio terra, addio cielo e sole, addio. Remember me, remember me, but ah! forget my fate.

Mientras el cyborg sufría el cortocircuito, el detective recogió su pistola del suelo y, sin decir ni una palabra pero tal vez permitiéndose una media sonrisa, disparó a Almuzara en el único resquicio humano que persistía en su cuerpo.

En el café Savanna, unos meses después y ya recuperados de su anterior aventura, Fernando Arrabal, Inés Caunedo y Cruise Luz acompañaban a José Luis García Martín en su tertulia de los viernes mientras trataban de atar los cabos sueltos del caso:

— Yo, sencillamente, me di cuenta de que era una pésima poeta —afirmaba Caunedo—. Así que me apunté a unos cursos por Internet y descubrí mi verdadero talento: la programación informática. En ese campo no había quién me ganase, y las mejores empresas del mundo se disputaban mis habilidades. Cuando vi la oferta de OuLiPo Corporation, me dije: ¿por qué no? De esta manera podré conjugar mi antigua vocación con la nueva. La rosa cibernética fue una prueba que Almuzara me pidió para demostrar a los inversores el potencial del invento. El muso, por supuesto, tenía que ser él.

Pero cuando descubrí sus malvados planes de dominación mundial, me negué a solucionar el pequeño fallo que aún impedía que MUSAPP® funcionase con normalidad. El cyborg y sus secuaces me drogaron para mantenerme callada y buscar a alguien que pudiese corregir el código, pero en ese momento, entrasteis vosotros en el juego.

Todos asintieron, y la historia pareció estar cerrada para todos excepto para el inquieto JLGM, que no pudo evitar mirar a Fernando Arrabal y preguntar:

—Y tú, Fernando, ¿por qué te decidiste a aparecer por el palacio cargando con bolas de piscina de bolas?

—Porque los nardos hubieran sido menos efectivos —respondió sonriendo Arrabal, y acto seguido se levantó y abandonó el café del brazo de Inés Caunedo.

Cruise Luz se puso también en pie y echó con un desdén muy calculado la gabardina sobre sus hombros. Entonces miró a JLGM, que se hundía melancólico en un sillón de orejas que le venía graciosamente grande, y le dijo:

—Martín, ya has leído mucho. Tal vez ahora te toque viajar al sur.

JLGM gruñó algo, pero ni siquiera levantó la mirada. El detective comió una última patata del cuenco que un solícito camarero había dispuesto sobre la mesa, dejó unas monedas en la barra y salió del Savanna mientras decidía qué libro alimentaría el fuego esa noche.

Delicioso para ayudar el sitio web , en esto tiempo voy a explicar a usted respecto a keyword. Ahora , este es el primera fotografía.

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